Érase una vez, en un pequeño pueblo junto al mar, en el cementerio arruinado por el tiempo, un monumento en forma de ángel presidía una tumba muy antigua o mejor dicho, lo que quedaba de ella (1700 o por ahí rondaba la fecha, tallado en piedra). Una piedra mortuoria, un trozo de cruz partido en dos, dejaba al descubierto un fragmento de una poesía (autor desconocido mencionado debajo). “La historia del hombre sin alma”. Permítanme leerles algunos versos.
"Sirenas que cantaban al atardecer,
Eran solo llantos profundos.
Nadie quería escuchar
La Verdad que iba a florecer.
¿Cuáles fueron sus sueños,
Sus luchas, sus alegrías y tristezas?
Nadie lo dirá jamás en esa vida,
Por que el…”
Y aquí se pierde el verso en un trozo que falta.
La leyenda dice que, una vez todos sus habitantes eran sirenas y vivían en paz y armonía. Solo un ser era distinto. Era un ser humano: profesor, maestro o educador. Paseaba con el cigarrillo en la mano y la botella en la siniestra por la plaza. “¡¡¡Madre Mía!!!”, gritaban las nereidas. Qué chaparrón de críticas recibió, en verdad todas ellas muy merecidas. ¿Por qué? Porque su alma se fue. Vagabundeaba sin rumbo, lejos del mal olor que desprendía ese pedagogo, según decía ella. Bueno, no tenía pinta, ni de lejos, de tener algo que ver con la educación, con la filosofía de la vida, o con el camino correcto en la vida. Estaba perdido en sí mismo. ¡Sí! Al final se descubrió que estaba ocultando un tesoro de conocimiento y sabiduría.
Intentaba con todas sus fuerzas convencer a todo el mundo, de que no hacía daño a nadie.
- ¡Cállate insensato!, hablaba con sus pequeños pulmones la madre Doris.
- ¿Por qué?, dijo el hombre.
- ¡Por qué tu alma se fue! Evado de tu pecho. ¿Dónde está tu alma?
- ¡Estás perdido sin ella!, susurraba Nereo en sus oídos.
El alma perdida entre las olas del mar, un día sintió una caricia muy tierna. Intentó salvar en un rincón de su pequeño núcleo los sentimientos, cuando de repente, el anillo creado por artes antiguos fue arrojado en el mar. Eso le dio un empujón y, sin saber por qué y qué eran, empezó a ver. Y entonces lo supo: era Zenith. Ese era el verdadero nombre de ese hombre sin alma. Su amo.
Se asustó porque comenzó a escuchar más voces. Frases sin sentido volaban por todas partes. "El meteorito de 1790 de nuevo volvió a aparecer.” O, “Todos quedaron absortos, cuando Prometeo robó el fuego.” Ni siquiera sabía qué era el fuego. “Se cayeron a un pozo, que para salir le echaban más tierra para poder subir.” Aún más. “El pueblo era tan pequeño, que aun así cuando iban al mercado se perdían en él.” “Voy a perder la cabeza” lloraba para sí nuestra pequeña alma.
De repente, un flujo de aire cálido la llevó lejos, tan lejos qué…
“¡Socorro!!!! ¿Qué? ¿Dónde estoy?” Empezó a gritar a los cuatro vientos. Se dio cuenta, de qué estaba perdida en un cementerio, buscando un dueño. “¿Pero, porque necesito un amo?”, se preguntó. Las tumbas la atraían una por una, más nuevas, más antiguas o rocambolescas.
Un poco más allá, se dejaba ver un hombre. Hacía buen paisaje con todo lo que le rodeaba: tumbas, nichos, estatuas, árboles seculares. No había flores. Alrededor todo era seco. Se notaba la ausencia de los mortales.
Empezaron de nuevo a saltar las palabras. “Todos los caminos llevan a la morada de los dioses, pero solo los valientes alcanzan el favor de los inmortales.” Otra vez. “Achat b`feh ve-achat b`lev.”
Pero no eran frases en vano. Palabras, ideas de épocas desconocidas, surgían de las almas, de las sirenas enterradas en vida en ese cementerio. Fue una barbaridad aquella época.
Todo eso salía de un libro como las burbujas de una copa de champán, un libro que descansaba en las manos del hombre misterioso, escondido entre las tumbas. Se acercó a él. “¿Quién será?” Con su obra manchada de vino, el profesor susurraba sílabas desconocidas. Intentó decir algo, pero como bien sabéis, las almas no tienen voz para los mortales, ¿no? Se acercó más y más, intentando descifran qué contaba aquél libro. Nada más empezar a leer, se quedo muda al saber la historia fatídica de las nereida y sus padres. El hombre no dejo escapar el momento y la atrapó. Más bien, recuperó su alma. Al instante, se transformó en una piedra, -trozo de roca que tragó el alma.
Todo desapareció como de un Big Bang reversible se trataba y de repente empezaron a aparecer una por una las sirenas, las sirenas que una vez vivieron en aquel pequeño pueblo.
“¡¡¡Madre Mía!!!”, pero no. Las sirenas nunca más se atrevieron a tentar la suerte con sus juicios.
“Tentar la suerte, tentar la suerte”, cantaba el eco en todo el campo santo.
© 2024 Constanța Dorina Dobrescu

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